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“Voy a reclamar y ojalá que no esté sola”; trabajadoras de la maquila y la covid-19

“Voy a reclamar y ojalá que no esté sola”; trabajadoras de la maquila y la covid-19
Al inicio de la pandemia las empresas las enviaron a casa sin goce de sueldo, dice la investigadora Blanca Velázquez. A quienes recontrataron les bajaron el salario por debajo del mínimo legal y les quitaron la seguridad social.

El desconocimiento de sus derechos laborales no es el problema de Martina Zamudio, mucho menos la poca fuerza para defenderlos. Pero sí lo es enfrentarse sola a la enorme industria de la maquila, que cada vez crea formas más feroces de explotación de las mujeres. Su verdadero problema es también las autoridades que no hacen cumplir la ley y los sindicatos engendrados para realizar exactamente lo contrario a su naturaleza.

“Defender tus derechos es como ofenderlos, es difícil abrirse camino así”, me dice Martina Zamudio en entrevista. Pedir un trato digno, el pago de al menos el salario mínimo y de las horas extras le ha costado estar boletinada y que otras fábricas no la contraten. Y enfermar de covid-19 la ha puesto en mayor vulnerabilidad.

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Al cuarto trimestre de 2020 la industria manufacturera recuperó algunos miles de empleos perdidos por la pandemia. En diciembre trabajaban poco más de 6.9 millones de personas en ese sector, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Un trimestre antes, de julio a septiembre, el reporte fue de 6.8 millones.

De octubre a diciembre había más 2.4 millones de mujeres empleadas en esa industria, es decir, 34% del total de la población trabajadora del sector. En el tercer trimestre del año pasado se empleaban en éste cerca de 2.3 millones. No hay cifras de mayo a junio, el periodo en el la economía en general perdió millones de puestos de trabajo debido a la suspensión de actividades económicas no esenciales por la pandemia.

Pero un estudio realizado por Blanca Velázquez Díaz, feminista y defensora de derechos laborales, permite conocer un poco lo que sucedió en ese tiempo. Desde marzo varias empresas “adelgazaron su plantilla laboral” y le aseguraron a las trabajadoras que volverían en julio, pero eso pasó para muy pocas.

Según su informe Las trabajadoras de la maquila ante el covid-19: Testimonios de su dura realidad, quienes fueron recontratadas tuvieron que aceptar peores condiciones. Martina Zamudio lo confirma: “Nos avisaron que el salario sería de 500 pesos a la semana, no más”. Esa cantidad es casi la mitad del salario mínimo legal, pues en ese periodo deberían ganar cerca de 1,000 pesos. Además, le advirtieron, ya no tendría seguro social. Antes de esto le pagaban 800 pesos semanales.

Descansar trabajando en el hogar

Las violaciones a los derechos laborales de las mujeres en la industria maquiladora “no son noticia, pero la pandemia lo recrudeció”, señala en entrevista Blanca Velázquez, también coordinadora del Centro de Apoyo al Trabajador (CAT). Alrededor del 75% laboraba bajo esquemas de subcontratación, sin seguridad social, prestaciones ni contrato, dice.

Miles “fueron forzadas a descansar, como le dicen las empresas, que se cobijaron en esta crisis”. Su investigación, publicada por la Fundación Friedrich Ebert, tomó como población representativa a un grupo de 500 trabajadoras despedidas en el estado de Morelos. De ellas, sólo 80 fueron recontratadas, es decir, el 16 por ciento.

“Regresaron a los espacios privados, a la casa, a las tareas del hogar que impone el patriarcado”, reclama la especialista en políticas públicas y estudios de género. “Ese trabajo es muy duro, pero no es reconocido, ni compartido, ni remunerado”.

Sin ingresos propios, muchas volvieron a depender económicamente de sus parejas. “Y las jefas de familia han estado en la angustia por no poder comprar alimentos para sus hijas o hijos. Siempre a las mujeres nos han tenido en una situación muy grave”.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de julio, la recuperación del empleo para los hombres fue más rápida. La tasa de desocupación para ellos se ubicó en 4.8%, mientras que para las mujeres fue de 6.3 por ciento.

Las trabajadoras despedidas no recibieron liquidación y a la mayoría de quienes siguieron laborando no le pagaron aguinaldo, apunta Blanca Velázquez. A esto se suma el acoso sexual, laboral y sexista en los centros de trabajo.

La llamada esperada

Tras 12 años de laborar en una fábrica cosiendo piezas de diferentes prendas, en 2018 Martina Zamudio fue despedida junto a cientos de mujeres. Tardó ocho meses en encontrar un nuevo trabajo y donde lo halló había un sindicato, una esperanza. “Pero era el primero en impedir que reclamáramos nuestros derechos”, cuenta.

En esa otra maquiladora se dio cuenta que había nuevas y más agresivas formas de violar los derechos laborales. Era 2019 y el Congreso modificaba la Ley Federal del Trabajo (LFT) para garantizar la libertad de asociación sindical, pero eso no se notaba en los talleres.

La reforma laboral también prevé mecanismos de denuncia, un nuevo modelo de justicia y obliga a las empresas a tener protocolos contra el acoso sexual. Las trabajadoras “no denuncian porque no confían en las autoridades y porque necesitan esos ingresos, aunque sean raquíticos”, dice Blanca Velázquez.

“Ni el gobierno local y ni el federal han creado programas para apoyarlas en el ámbito económico, ni políticas públicas para asegurar el trabajo digno. Ellas se las han tenido que arreglar con sus propias uñas”, señala la activista.

En nueva fábrica, continúa Martina Zamudio, el trato “era muy feo. No esperamos flores, sólo que no nos hablaran en doble sentido, que nos pagaran un salario digno, las prestaciones de ley y las horas extras. Porque nos obligaban a quedarnos hasta las 12 de la mañana y la retribución era con unas cuantas horas de descanso posteriores”.

Sólo aquellas trabajadoras que, coaccionadas, tenían un acercamiento sexual con los supervisores recibían tratos preferenciales, agrega.

En abril de 2020 cumplió un año en esa maquiladora y fue cuando la mandaron “a descansar sin goce de sueldo”. Por seis meses esperó a que la llamaran de nuevo. Y la llamada llegó en octubre, pero para decirle que no volvería y que no había dinero para una liquidación. En ese tiempo enfermó de covid-19, sin seguridad social y sin ingresos fijos para hacerle frente.

“Ya llegará el día”

Con malestares, a causa de la covid-19, volvió a buscar trabajo. “No dije nada de mi condición física, además, por la edad no la quieren contratar a una”, dice la mujer de 44 años.

En diciembre de 2020 entró a trabajar a una fábrica. Es marzo y aún no ha firmado un contrato, pero el acuerdo tácito es que trabajan por dos meses y ya verán después. En febrero dejó de laborar temporalmente porque una supervisora pidió que ya no la consideraran.

Unas semanas antes, Martina Zamudio cosía las piezas una tras otra, como siempre, sin pausa. Pero ese día, al terminar una prenda, se tomó el tiempo de un suspiro. La supervisora le gritó que volviera a su trabajo inmediatamente, pues no le pagaban para descansar. “Le dije que no estaba descansando y que no era correcta esa forma de hablarme”.

Después de casi un mes de estar otra vez desempleada, accedió a ofrecerle una disculpa para que la dejaran volver. “Y le tuve que dar las gracias. Ahora está encima de mí todo el tiempo, todavía no termina mi hora de almuerzo y me apura. Es lastimoso que tu mismo género te trate de esa manera y lo aguantes por necesidad”.

La mayoría de las trabajadoras de la maquila tiene pocos años de escolaridad. “Muchas circunstancias les impidieron seguir estudiando, eso reduce su posibilidad de obtener mejores trabajos y lo han aprovechado muy bien los patrones en todo el país”, apunta Blanca Velázquez.

Por ello el gobierno federal debe asegurar los beneficios de la reforma laboral y “es necesario que ellas la conozcan”, agrega. Aunque, admite, cuando las trabajadoras se organizan, enseguida son despedidas. Y a veces basta con una pequeña señal de inconformidad.

Martina Zamudio cuenta que en la empresa en la que labora les aplican cuestionarios con preguntas como: “¿Qué harías si tu supervisor no te permite ir al baño?”. Una compañera respondió que no haría caso, porque podría estar “en sus días” o simplemente “es una necesidad”. Al término de su contrato apalabrado, sin documento, no la volvieron a llamar.

“Ha sido muy triste esta forma de trabajar. No he conseguido algo estable, una y otra vez tengo que empezar. Últimamente he preferido hacerme la ignorante”, me dice con una sonrisa más que resignada, paciente. “No quiero un trabajo bajo estas condiciones, pero por el momento no puedo exigir. Ya llegará ese día, lo sé, y voy a reclamar. Ojalá que no esté sola”.

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