Nuestros sitios
Compartir

Por qué la “felicidad tóxica” no te ayudará en esta crisis o en las que vengan

Por: Tino Fernández ⎮ Expansión RIPE 13 Oct 2020
Por qué la “felicidad tóxica” no te ayudará en esta crisis o en las que vengan
En cualquier clima organizacional es mejor un negativo capaz de identificar problemas en un departamento de proyectos o de mantenimiento que un positivo que "espera" que las cosas salgan bien.

Vivimos días de incertidumbre y de preocupación. Los expertos alertan del aumento del estrés, la ansiedad y las depresiones, y los datos y evidencias sobre la pandemia, su gestión, el futuro económico que nos espera y el desempeño de los políticos que nos gobiernan y el de los que querrían gobernarnos no ayudan demasiado a ser optimistas.

Es el caldo de cultivo perfecto para los pesimistas y para todos aquellos que tienden a ver el vaso medio vacío. Pero en este panorama gris oscurecido por la crisis del coronavirus ha surgido una nueva línea de pensamiento, un tipo humano inasequible al desaliento, optimista hasta la médula, dotado de un “buenismo” y alegría desbordada que trata de contagiar las 24 horas y que lleva el mensaje de una bondad y optimismo que quizá sean excesivos.

Este video te puede interesar

No parece que esta tribu de marcianos alegres vaya a prosperar en el planeta Tierra. Ya hay quien habla de la felicidad tóxica y de lo perniciosa que puede llegar a ser, más aún en tiempos de crisis agravada por una pandemia. Y esto, en el ámbito laboral y profesional, tiene sus propias connotaciones negativas.

The Washington Post se hizo eco hace algunos días de algunos estudios que critican el hecho de que las empresas y empleadores vivan un tanto obsesionados con animarnos y hacernos felices. No teníamos bastante con los CHO, los chief happiness officer, directores de felicidad, y en muchas organizaciones se atiende a los consejos de un ejército de investigadores acerca de cómo ser más felices y por qué debemos esforzarnos por serlo.

The Washington Post insiste en que la búsqueda de esa felicidad impostada y sobreactuada puede convertirse en una “positividad tóxica” dañina. Y perseguir la satisfacción laboral y vital de esa manera puede contribuir más a la desdicha.

Vivir narcotizados

Andrés Pérez Ortega, consultor en estrategia personal, cree que el pensamiento positivo exagerado resulta narcotizante. Asegura que “quienes cambian el mundo son aquéllos que ven problemas en todas partes, porque es más probable que busquen soluciones, para que estos no vayan a más o para su propio beneficio. Los buenos comerciales, los emprendedores de éxito, los visionarios son aquéllos que buscan huecos, necesidades que cubrir, demandas que satisfacer… Son los que realmente se aplican aquello de que ‘una crisis es una oportunidad’. Por el contrario, quienes siempre ven el lado positivo de todo tienden a la parálisis… hasta que es demasiado tarde”.

Damos por sentado que las personas tóxicas son aquellas que se quejan, manipulan y dramatizan, añadiendo un plus de negatividad a nuestras vidas y jornadas laborales. Pero ahora también se critica a aquellos buenistas que tratan de forzar la positividad y la estampan a cada hora en la cara de sus colegas de trabajo. Quienes se ven obligados a parecer o a ser positivos en situaciones en las que esto no es natural, o cuando hay un problema que legítimamente necesita ser abordado, incluso con angustia y preocupación, han pasado a formar parte de la fauna tóxica de oficina. Quizá esto no les parezca tan alegre.

¿Es bueno el pensamiento negativo?

Pérez Ortega insiste en que “el pensamiento negativo puede generar más felicidad que lo contrario, porque nos hace ponernos en acción, tomar los mandos y asumir nuestra responsabilidad en lugar de dejarla en manos de otros o de algún ente mágico. En la empresa esto puede ser catastrófico”.

La positividad injustificada no sólo puede impedirnos abordar las causas subyacentes de nuestra infelicidad, sino que también puede hacernos sentir culpables por no sentirnos alegres. Esto es especialmente cierto cuando nos presionamos para sentirnos optimistas.

Ovidio Peñalver, socio director de Isavia, recuerda que “la felicidad son momentos que hay que provocar con serenidad, paz y aceptación. Es una cuestión de actitud, pero no se puede obligar a nadie a estar siempre feliz”.

La ola de la felicidad laboral puede arrasarlo todo si las empresas y sus empleados se obsesionan por vivir en un paraíso profesional irreal. La satisfacción en el empleo no es para siempre, y es necesario reinventar cada día nuestro puesto. Aquí las expectativas son clave. Unas altas perspectivas acerca de las circunstancias favorables de nuestra vida quedan asociadas a una gran satisfacción vital. Las que son irreales o exageradas implican infelicidad.

Además, hay que recordar que las compañías no son totalmente responsables de la satisfacción de sus empleados. Cualquier organización tiene la obligación de facilitar los medios para que sus profesionales puedan poner en marcha todo su potencial, pero la felicidad en el trabajo es algo relativo, y no depende de la compañía.

Jesús Vega, experto en Recursos Humanos, recuerda que “la felicidad es una responsabilidad personal. No necesito que mi empresa me dé la felicidad. En todo caso, una organización es responsable de construir un sistema de valores para que cada uno construya su propia felicidad. Las compañías buena onda te dicen lo que quieres escuchar, pero no te hacen mejor. Es un estado de nirvana, pero no la vida real”.

Andrés Pérez añade que “pensar que las cosas siempre van a ir a mejor implica no entender el concepto de entropía. Hay que aceptar que lo que no se mantiene y mejora, empieza a decaer. Una empresa o una sociedad que no está constantemente revisando fugas, roturas, fallos e innovando al mismo tiempo, se deteriora con rapidez. Es el síndrome de las ventanas rotas. Podemos regocijarnos al ver lo bien que ha quedado algo y ahí se quedan los positivistas, pero inmediatamente empieza el deterioro. Es mejor un ‘negativo’ capaz de identificar problemas en un departamento de proyectos o de mantenimiento que un ‘positivo’ que espera que las cosas salgan bien”.

Ovidio Peñalver cree que el exagerado de la felicidad “vive en un estado de ánimo impostado. Es una actitud de ilusión permanente que viene a decir que lo mejor está siempre por venir. Niegan la realidad negativa y muestran un punto místico. Tienden a justificar lo malo que nos pasa con un ‘por algo será’, o ‘siempre tienes algo que aprender’. Es un buenismo de hiperesperanza”. Para Peñalver, este tipo de personas y de profesionales son tan manipulables como los negativos y los pesimistas. No quieren ver la realidad y tienden a transformarla siempre en algo positivo”.

El optimista inteligente

El socio director de Isavia pone como contrapunto a la persona que considera como optimista inteligente, que “muestra cierta seguridad, ocurra lo que ocurra. Para este tipo de optimista, lo primero es informarse con datos y hechos ciertos y fidedignos, y luego ver qué puertas se abren y qué oportunidades surgen. Prefiere apostar por la esperanza a pesar de la situación complicada, y ve lo positivo con realismo”.

Además, el pensamiento positivo no entiende que con frecuencia ganan los malos. Pérez Ortega indica que “el mundo de la empresa y la sociedad no funcionan como una película de Disney. Hay gente, instituciones, gobiernos y personas que tienen sus propios intereses y que harán lo posible para conseguir lo que pretenden. Asumir que los seres humanos somos seres de luz sólo puede generar problemas. No se trata de desconfiar de todo el mundo, pero sí de prever riesgos“.

Parecer demasiado feliz…

A todo esto se une que la virtud está en el justo medio. Parecer muy satisfecho y alardear de ello en el trabajo te puede acarrear dificultades con tus compañeros o con tu jefe. Es evidente que nadie quiere tener a su lado al tipo de profesional que crea más conflictos de los que puede resolver; que muestra una sinceridad excesiva acerca de sus problemas personales; o que hace pública su negatividad hacia los compañeros, el trabajo, el jefe o incluso su vida privada. Pero tampoco compensa trabajar con un adicto a la pura buena onda, identificado con el buenismo y con la falsedad.

Está bien generar buena onda, pero no lo está tanto el excederse aparentando felicidad o presumir de lo maravillosa que es la vida de uno. Estamos ante un tóxico de libro… o ante un gran actor.

Y por si todo esto no te parece bastante, recuerda que, además, está el hecho de que algunos jefes asocian automáticamente a un empleado contento con el hecho de que está satisfecho con sus condiciones actuales. Si tu jefe te ve siempre un ánimo insuperable puede concluir que estás bien retribuido emocionalmente y dedicará recursos habitualmente escasos a hacer feliz a otro que se muestre quejoso.

Descarga GRATIS nuestro especial
descargable
Descarga AQUÍ el artículo completo Cuando un empleado renuncia... ¡Descárgalo GRATIS!
Lee más contenido, ¿Qué tema te interesa?
Te Recomendamos
Sigue leyendo