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Del Suchiate al Bravo, ruta de la explotación laboral infantil migrante en México

Del Suchiate al Bravo, ruta de la explotación laboral infantil migrante en México
El trabajo de menores de edad provenientes de otros países es uno de los problemas que menos se ha atendido en México: Red por los Derechos de la Infancia en México.

La niñez migrante en México está siendo explotada laboralmente. Da lo mismo si cruzan el río Suchiate, el río Bravo o se mueven dentro del país. Su edad, lejos de inhibir a empleadores, es un pretexto para no pagarles por su trabajo o darles apenas una parte.

La mano de obra de niñas, niños y adolescentes que huyen de la pobreza o la violencia es utilizada en el comercio, el campo y hasta en el tráfico de personas. Todo depende de qué estado del país provengan, si fueron repatriados desde Estados Unidos o llegaron desde Centroamérica.

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México tiene el segundo lugar en trabajo infantil en la región, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); Brasil posee el primero. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) más de 2.3 millones de menores de 17 años están ocupados en alguna actividad económica que les impide estudiar o afecta su desarrollo.

Esas cifras contemplan a la población mexicana, pero de la infancia y adolescencia de otros países que trabajan en México poco se sabe y poco se hace, señala en entrevista Karla González Cordero, directora de la organización Iniciativas para el Desarrollo Humano.

Caravana infantil

La tercera caravana de migrantes llegó la semana pasada a México a la frontera sur. Y con ella, cientos de niños y adolescentes que quieren “no digamos una vida digna, sino tan sólo sobrevivir”, explica la activista.

Sin embargo, lo que encuentran es xenofobia. La política migratoria, condicionada por el gobierno de Estados Unidos la ha avivado. Muchas personas en Chiapas aprovechan y fomentan la idea de que “vienen a quitarnos los trabajos. Y no para negárselos, sino para emplearlos y no pagarles”.

El primer golpe que recibes al llegar a Tapachula, Chiapas, no es el del sofocante calor, asegura la activista. “Es ver a tantos niños, desde los seis años, trabajando”. Las fronteras crean una cultura migratoria. Pero en México, también de una de violación a los derechos.

En esa parte del país hay dos tipos de migración: la transfronteriza, que son quienes pasan a México para trabajar y regresan a su país, y los de paso, quienes van de camino a Estados Unidos.

En el primer caso la mayoría es de origen guatemalteco. Vienen “a probar suerte” y trabajan en el comercio informal. A veces ellos compran cosas para vender; otras, “son subcontratados para atender puestos ambulantes”.

Karla González habla también de la migración “apadrinada. Pero que es más bien una forma de trata”. Son principalmente niñas mayas traídas para trabajar en casas. Su salario por laborar de 7 a 10 de noche, limpiar y cuidar sin poder estudiar, es “techo y comida”.

Otra “histórica” migración laboral de niños es la que llega a las fincas cafetaleras. Pequeños de 6 a los 11 años participan en labores que complementan el jornal familiar.

Mientras llegan a su destino

Los migrantes de El Salvador y Honduras llegan huyendo de la violencia de sus países. Su paso por Tapachula es temporal, “mientras agarran camino hacia el norte”. Esta población es principalmente de adolescentes y trabajan en la albañilería. O más bien, son explotados en el sector de la construcción.

La organización que dirige Karla González ha detectado que les prometen sueldos de 80 pesos al día, aunque el salario mínimo es ya de 123 pesos. Pero en el mejor de los casos les dan 50 o  70 pesos por jornadas de 7 a 5 de la tarde. A muchos otros nunca les pagan. “Eso es explotación y esclavitud”.

El 99% tiene un estatus migratorio irregular, por ello no se atreven a denunciar. “Sienten que en este país no tiene derechos, y menos los laborales”.

Migrantes mexicanos

Erradicar el trabajo infantil no ha sido un tema prioritario para ningún gobierno, afirma Juan Martín Pérez García, director Ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim). “La nula inspección laboral de las autoridades” permite que personas e industria exploten a dicha población.

En la Redim han ubicado otros sectores que emplean a niños migrantes. Por ejemplo, el campo. Familias jornaleras de Guerrero, Sinaloa, Oaxaca, Veracruz y Morelos viajan a sembradíos en el norte del país, donde muchas veces sus hijos terminan trabajando también.

Según la Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras Agrícolas, hay más de 84,000 menores laborando a lo largo del país en la siembra y cosecha de productos como limón, chile, jitomate, caña, pepino y frutos rojos.

Los niños que viven en la frontera norte, “llamados de circuito, pues cruzan de manera cotidiana Estados Unidos”, enfrentan otros retos, apunta el activista. Un gran número de ellos “es reclutado para actividades ilegales como el traslado de mercancías, drogas o personas”.

Y hay un grupo de población más, el de los retornados. Según la Redim, cada año los estados fronterizos reciben alrededor de 14,000 niñas, niños y adolescentes no acompañados que han sido deportados desde Estados Unidos.

“Sus expectativas, casi siempre, son regresar a Estados Unidos y encontrarse con sus familias”, explica Pérez García, por ello buscan empleos temporales, muchas veces informales. Este grupo de niños y adolescentes por lo general trabaja en hoteles, restaurantes o call centers. Los salarios que reciben son mínimos por las largas extenuantes jornadas que tienen que cumplir, puntualiza el activista.

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