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Trabajo forzoso, el peligro del programa de niñeras migrantes en EU

Trabajo forzoso, el peligro del programa de niñeras migrantes en EU
Dos trabajadoras de un programa de empleo de niñeras demandaron a una agencia y a una familia en Estados Unidos por trata de personas, salarios no pagados e incumplimiento de contrato.

La mexicana Sandra Guzmán y la colombiana Tatiana Cuenca llegaron a creer que las niñeras migrantes en Estados Unidos no tienen derechos laborales. Soportaron jornadas sin descanso, tareas para las que no fueron contratadas, violencia verbal, privación de los alimentos. Pero ahora, en busca de justicia para ellas y otras jóvenes que lo padecen, demandaron a sus empleadores y a la agencia de colocación.

La denuncia fue presentada ante el Tribunal de Distrito de Estados Unidos, en busca de daños compensatorios y punitivos por incumplimiento de contrato, salarios no pagados, trabajo forzoso y trata de personas. los acusados son la agencia AuPairCare Inc. y los padres anfitriones Michaele C. Samuel y Adam Ishaeik.

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Ambas jóvenes se enfrentan a una industria que el Departamento de Estado de Estados Unidos se ha negado a regular. De acuerdo con el Centro de Derechos del Migrante (CDM), el “influyente lobby de au pair” también ha conseguido que el Congreso estadounidense se niegue a aumentar la protección para este programa de trabajo temporal.

El programa de au pair o niñeras es uno de los 14 de migración temporal que son administrados por el Departamento de Estado de ese país. De acuerdo con la Oficina de Asuntos Educativos y Culturales (ECA, por sus siglas en inglés) en el 2017 trabajaron en cuidados infantiles 20,353 personas de 20 países.

México es el cuarto país que envía más jóvenes de entre 18 y 26 años para trabajar como niñeras por un año. Se anuncia “como un intercambio cultural” en el que una familia “anfitriona” recibe a la trabajadora. Y eso fue justo lo que buscaba Sandra Guzmán: “quería tener una experiencia de intercambio cultural, conocer otro lugar, aprender bien el idioma inglés y regresar a México y trabajar”.

Las reglas señalan que sus tareas son sólo de cuidado infantil y no como trabajadora del hogar. Pero tanto la mexicana como Tatiana Cuenca debían aspirar la casa y dejar la cocina y el baño relucientes si es que querían comer. La poca supervisión y la preferencia que muestran las agencias hacia las familias, sus clientes, dejan a las jóvenes en la indefensión.

Sandra Guzmán llegó en el 2016 a la casa de Michaele C. Samuel y Adam Ishaeik en Clinton, Maryland. El trato era cuidar a un niño de 1 año y medio. Tatiana Cuenca llegó en el 2018. Para entonces, estaba a punto de nacer el segundo bebé del matrimonio.

Sin libertad, ni dinero

Las jornadas labores que establece el programa son de hasta 10 horas diarias, las cuales no deben exceder 45 horas a la semana. “Al principio, mi horario era de 9 a 6 de lunes a viernes. Pero poco a poco empecé a trabajar en las noches y los fines de semana. Terminé por no tener días libres, no salía ni podía conocer a nadie”, recuerda Sandra Guzmán.

Eso mismo le pasó a Tatiana Cuenca dos años después, cuando, a pesar de las quejas contra esa familia, la agencia AuPairCare continuaba llevándoles niñeras. Pero a pesar de que trabajaban tanto, apenas tenían lo suficiente para pagar la deuda que contrajeron para costear las comisiones de la empresa de colocación, su boleto de avión y su comida.

Les pagaba el salario mínimo federal. Aunque diferentes instituciones de aquel país señalan que deben recibir el salario estatal más alto. Las horas extra se las ahorraban presionándolas con que tenían que mostrar agradecimiento por el alojamiento y los alimentos.

Pero “todas las semanas lo único que compraban para mí era arroz, leche huevo, pan y cereal barato. Nada más”, cuenta Tatiana. Lo mismo le pasó a Sandra.

Michaele C. Samuel solía gritarles por cualquier motivo. “Constantemente me decía que olía mal y no le gustaba mi apariencia”, dice Tatiana. No cumplió con enviarlas a la escuela de inglés, como el programa le obliga. Si querían salir de la casa, buscaba cualquier pretexto para impedírselos, casi siempre era trabajo.

Además, las tenía vigiladas con cámaras en toda la casa. Incluso monitoreaba sus conversaciones en el celular. A Sandra le quitó el celular por escribirle a su mamá. A Tatiana le bloqueó el acceso a Internet para que no buscara otra familia para trabajar.

La justicia para todas da fuerza

Michaele Samuel las amenazaba con acusarlas de dañar a sus hijos. A Sandra la amagó con denunciarla por abuso sexual. Al final, le dijo a la agencia que la joven se había emborrachado, quiso golpearla y dejó al niño hundido en la bañera.

Con Tatiana utilizó fotos de un lunar del segundo bebé para decir que eran golpes que le había infligido. El despido pone a las au pair un paso de la deportación. Pues su estatus migratorio depende de que tengan un empleo en una casa. Si no es así, no pueden permanecer en Estados Unidos.

Las consecuencias no son sólo la deportación, de acuerdo con la investigación Una estafa: el gran negocio detrás del programa de au pair J-1 de bajo salario. “Afecta la elegibilidad para futuras visas de los Estados Unidos”.

En 2019, cuando Tatiana Cuenca ya estaba con otros empleadores, se dio cuenta de lo que le había pasado. “Me habían manipulado, chantajeado, cometieron violencia, abuso. Muchos dirán que por qué nos aguantamos, pero no saben lo que es estar dentro de un círculo violento, donde nadie te defiende y estás alejada de todos”.

Entonces buscó a Sandra. La conocía porque en la entrevista con esa familia le mostraron su foto, le contaron que había sido una de sus mejores niñeras y que seguían en contacto con ella porque afianzaron una gran amistad. Pero a esas alturas Tatiana lo dudaba.

No sólo la encontró a ella, sino a otras dos chicas que había pasado por lo mismo. Tatiana Cuenca envió una carta al Departamento de Estado con los testimonios de todas, pero no les hicieron caso. Buscó el apoyo de organizaciones y el CDM se lo ofreció.

Ahora ambas esperan que pronto avance la demanda. “Fue un reto defenderme cuando fue violado el derecho a la palabra, al pensamiento. Pero es un proceso y estoy dispuesta a que nadie pase por esto”, dice desde Colombia.

La búsqueda de justicia le da cierta tranquilidad a Sandra Guzmán. “Me ayuda a recuperar mi fortaleza, la que no incluso no sabía que tenía. Aún tengo pesadillas, pero me calma saber que estoy haciendo algo para que no le suceda esto a nadie más”. No al menos con Michaele C. Samuel y AuPairCare.

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