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Adultos mayores se enfrentan a bajos salarios y nula capacitación

Adultos mayores se enfrentan a bajos salarios y nula capacitación
La mitad de las personas de la tercera edad que trabajan gana entre uno y dos salarios mínimos, revelan datos del Inegi, la mayoría de ellos se dedica a actividades elementales o de apoyo.

La receta de Carmen Saucedo Domínguez para aliviar las enfermedades de la vejez es tener un empleo. No para sentirse activa, sino para costear los gastos. “En esto no trabajo por gusto. Si a ésas vamos, trabajaría en otra cosa, pero a los 69 años y sin estudios, no en cualquier lugar te dan oportunidad”, dice.

Martes y jueves reparte volantes afuera de la estación del metro Impulsora. Lunes y miércoles hace la limpieza en un despacho de abogados. El resto de la semana cuida a dos nietos adolescentes. Tiene esos tres trabajos —sólo dos de ellos remunerados—, una pensión de 1,500 pesos al mes por viudez y la ayuda del gobierno federal para adultos mayores de 2,550 bimestrales.

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Hace cuentas. Divide entre dos lo de la ayuda gubernamental, le suma los 500 pesos semanales que gana volanteando, los 800 pesos a la semana que le pagan en el despacho y la pensión que le dejó su esposo al morir. “Son casi 8,000 al mes. No había visto cuánto, es poco, ¿no? Porque, mire, las medicinas, el doctor, la comida, el gas, la luz. Bueno seguro ya sabe de eso”.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2018, en el país residen casi 15 millones de personas mayores de 60 años, el 12% de la población total. Apenas 40% de los hombres tiene una pensión, pero en el caso de las mujeres el porcentaje es de sólo 20, según la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro.

Sin embargo, a pesar de tener pensión, muchos tienen que seguir trabajando. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) indica que 34% de quienes tienen más de 60 lo hacen. El 53% de quienes aún trabajan gana entre uno y dos salarios mínimos, es decir, entre 3,000 y 6,000 pesos mensuales.

Los trabajos en los que los contratan, generalmente están en el último lugar del organigrama. De acuerdo con el Inegi, 21% se dedica a actividades elementales o de apoyo y apenas 2.8% tiene un cargo de jefatura o son funcionarios en la administración pública.

Un gran problema para su inclusión laboral es “la percepción negativa de esa población”, apunta Iliana Mendoza Bello, directora de Programas Estatales del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam). La idea generalizada es que son frágiles y tienen pocas habilidades de adaptación y de aprendizaje, añade.

Según los resultados de la Encuesta Nacional de Envejecimiento 2015, en México se cree que las personas adultas mayores son menos productivas, menos capaces para resolver problemas y que trabajan peor que la juventud porque ya no aprenden.

Hasta ahora, el Inapam tiene 106 convenios vigentes con diversas empresas para que empleen a personas de más de 60 años. Antes de cerrar el acuerdo, “hablamos con sus representantes para hacerles saber que llegar a los 60 y más no significa no poder trabajar”, pero que quizá se necesita una infraestructura específica para algunos, “como podría para cualquier joven también”, apunta Iliana Mendoza.

“Necesitamos promover una cultura de envejecimiento activo. Es decir, cambiar la percepción de alguien que sólo consume servicios, que está enferma o necesitada. Es urgente generar una cultura que recoja sus aportaciones actuales y futuras”, expresa.

Desafíos de la capacitación

Los adultos mayores no están alejados de las complicaciones que el mercado laboral les presenta a muchas generaciones, indica la funcionaria. Sin embargo, a veces éstas se agravan en su caso. El 56.6% de la población de 15 años o más trabaja sin seguridad social, de ese universo, 74% son adultos mayores.

A eso se suma la casi nula capacitación laboral, que “es considerablemente” inferior a la de los jóvenes. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) “los empleadores son más reticentes a asumir el costo de formación destinada a quienes estarán menos tiempo en la empresa”.

Esa población suele estar menos calificada ante las innovaciones. “No porque no le interese”, sino porque los jefes consideran que en unos años se jubilarán y será una “pérdida de recursos”. No comprenden, que no desarrollar sus competencias “podría derivar en una desaceleración” del mercado de trabajo porque cada vez hay más adultos mayores en el mundo.

En el estudio Perspectivas sociales y del empleo en el mundo, la OIT señala que dicha población tiene menos probabilidades que los jóvenes de perder su empleo. Pero si quedan desempleados, las posibilidades de reinserción laboral son mucho menores. Esto se debe a que esa fuerza de trabajo tiene poca actualización frente a las continuas innovaciones. Y si quienes tenían un trabajo formal no tuvieron capacitación laboral, el panorama es peor.

Carmen Saucedo, por ejemplo, trabajó siempre lavando ropa o vendiendo comida. Nació en Michoacán. Allá se casó a los 15 años y a los 19 se mudó a la Ciudad de México con su esposo y sus primeros dos hijos. Pronto su marido entró a trabajar a una mueblería.

Al tener otros dos hijos los gastos aumentaron. “Empecé a hacer los trabajitos que podía, porque no estudié, no tengo experiencia en esos trabajos de empresas”. Aunque ella ha laborado desde hace años, fue su esposo quien pudo tener seguridad social en aquella mueblería de la que nunca salió. “Lo bueno, al menos unos pesitos, pero cada mes tengo”.

La experiencia y habilidades que tiene ese capital humano tiene un efecto positivo sobre la productividad, lo cual “podría contrarrestar la baja de rendimiento económico”, señala la OIT. Sin embargo, advierte, sin una actualización en las nuevas competencias requeridas, muchos abandonarán el mercado laboral antes de cumplir la edad legal de jubilación. “Y eso podría añadir presión a los sistemas de pensiones que ya de por sí están afrontando problemas de sostenibilidad financiera”, detalla el organismo multilateral.

Iliana Mendoza, afirma que un empleo digno para una persona mayor “es uno en el que reconozcan sus valores, sus saberes. Que esté acorde con sus características físicas, como para cualquier otra persona, con un salario igualitario donde le respeten sus derechos laborales”.

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